Desde los Andes hacia el mundo: restaurar paisajes para cuidar el agua y la vida
Mi nombre es Lizet Mejía.. Soy una joven andina del Perú, ingeniera ambiental y restauradora de ecosistemas, nacida y basada en Huaraz, región Áncash, en el corazón de la Cordillera Blanca.
Crecí entre montañas, ríos y bosques altoandinos, aprendiendo desde pequeña que el agua no es solo un recurso, sino un ser vivo que sostiene la vida, la cultura y la memoria de nuestros pueblos.
Mi camino hacia la restauración comenzó al observar cómo los glaciares retroceden, los incendios forestales se vuelven cada vez más frecuentes y los bosques de queñuales, árboles milenarios de los Andes desaparecen en silencio. Estas pérdidas no solo erosionan la biodiversidad, sino que también comprometen la disponibilidad de agua para las comunidades. En mi propia familia, la actividad agrícola que sostuvieron mis abuelos dejó de ser rentable debido a la escasez hídrica.
Ser testigo de cómo la falta de agua desencadena eventos de sequía extrema me impulsó a tomar acción. Hoy, la mayoría de ciudades de la Cordillera Blanca depende del agua dulce que se genera en las partes altas de las cuencas; sin embargo, diversos estudios advierten una pérdida progresiva de esta fuente vital. Frente a esta realidad que ya empezábamos a vivir, desde Qinti Perú decidimos actuar, apostando por la restauración de los ecosistemas altoandinos como una respuesta urgente y colectiva.


Actualmente soy Coordinadora de Proyectos en Qinti Perú, una organización que impulsa la restauración de ecosistemas altoandinos con un enfoque comunitario, juvenil y de género. Nuestro trabajo se desarrolla principalmente en la zona de amortiguamiento del Parque Nacional Huascarán, un territorio de enorme valor ecológico y cultural, pero también altamente vulnerable al cambio climático y a la degradación ambiental.
El paisaje donde trabajamos está marcado por bosques de queñuales (Polylepis sp.), lagunas altoandinas y cabeceras de cuenca que regulan el agua para miles de personas aguas abajo.

En los últimos años, más de un centenar de incendios forestales han afectado estos ecosistemas en Áncash, degradando suelos, reduciendo la biodiversidad y debilitando la seguridad hídrica local. A esto se suma el retroceso acelerado de los glaciares y las sequías prolongadas, que amenazan especialmente a niñas, niños y juventudes de comunidades rurales.
Frente a esta realidad, en Qinti Perú creemos que la restauración no puede imponerse desde afuera. La restauración nace desde la comunidad. Nuestro proyecto busca restaurar bosques de queñuales mediante la regeneración asistida y la plantación, pero también fortalecer las capacidades locales para cuidar el territorio a largo plazo.

Trabajamos junto a juventudes, mujeres rurales, escuelas, comités de agua y comunidades campesinas quechua-hablantes, reconociendo y revalorizando los saberes ancestrales que históricamente han protegido estos paisajes.



Entre nuestras actividades se incluyen diagnósticos participativos de zonas degradadas, viveros comunitarios de queñuales, jornadas de plantación, talleres de educación ambiental, monitoreo comunitario y caminatas interpretativas. Además, integramos el arte, la música, los títeres y la observación de aves como herramientas para reconectar a niñas, niños y jóvenes con la naturaleza, fomentando identidad, cuidado y orgullo por su territorio.
Lo que me motiva profundamente es ver cómo las personas se convierten en guardianas y guardianes del bosque y del agua.

He aprendido que restaurar un paisaje también es restaurar vínculos: entre generaciones, entre ciencia y sabiduría local, entre las personas y la Tierra. Por eso, mi trabajo combina ciencia ciudadana, educación ambiental y acción comunitaria, con una fuerte convicción ética de justicia climática.
Ser parte del programa Restoration Stewards representa una oportunidad para amplificar este trabajo local, aprender de otras juventudes que restauran paisajes en distintas partes del mundo y fortalecer una red global de acción liderada por jóvenes.
Creo firmemente que la restauración liderada por juventudes es clave para enfrentar la crisis climática, porque somos quienes heredaremos las consecuencias, pero también quienes estamos dispuestas y dispuestos a actuar desde ahora.
Quiero que el mundo sepa que los Andes no son solo montañas: son fuentes de agua, biodiversidad y cultura viva. Restaurar los queñuales es proteger el futuro, y hacerlo desde la juventud es un acto de esperanza, resiliencia y amor profundo por la vida.